Te mando este e-mail por una circunstancia muy especial. Lo cierto es que ni tú me conoces a mí, ni yo te conozco a ti. Bien, no importa, Herr Doctor (sé que te llamas Esther, pero me vas a permitir que te llame Herr Doctor), no te preocupes demasiado. Te lo voy a explicar todo.
Me encontraba una cálida y soleada mañana de algún día a una hora no determinada con exactitud, sentado tranquilamente en lo alto de un lugar que no me era familiar en absoluto y disfrutando de la compañía de centenares de diminutos insectos picadores desconocidos por la ciencia. Recuerdo que estaba saboreando un refresco no azucarado y concentrado, de toxicidad no comprobada. El caso es que apareció ante mí una forma etérea luminiscente que me habló con voz cavernosa destrozada por la bronquitis. Afirmó ser el Profesor Van Dido, famoso profesor holandés que vivió en el siglo 0 d.P.V.D. (siglo 0 después del Profesor Van Dido). Este erudito de la Historia, sapiente de la Literatura, máximo exponente de la potencia, aseguró que debía ponerme en contacto contigo para comunicarte que nosotros tres nos habíamos conocido en una vida anterior en extrañas y peculiares circunstancias.



Comentarios