Ya nos conocemos

28 Abr
Hola, Esther.

Te mando este e-mail por una circunstancia muy especial. Lo cierto es que ni tú me conoces a mí, ni yo te conozco a ti. Bien, no importa, Herr Doctor (sé que te llamas Esther, pero me vas a permitir que te llame Herr Doctor), no te preocupes demasiado. Te lo voy a explicar todo.

Me encontraba una cálida y soleada mañana de algún día a una hora no determinada con exactitud, sentado tranquilamente en lo alto de un lugar que no me era familiar en absoluto y disfrutando de la compañía de centenares de diminutos insectos picadores desconocidos por la ciencia. Recuerdo que estaba saboreando un refresco no azucarado y concentrado, de toxicidad no comprobada. El caso es que apareció ante mí una forma etérea luminiscente que me habló con voz cavernosa destrozada por la bronquitis. Afirmó ser el Profesor Van Dido, famoso profesor holandés que vivió en el siglo 0 d.P.V.D. (siglo 0 después del Profesor Van Dido). Este erudito de la Historia, sapiente de la Literatura, máximo exponente de la potencia, aseguró que debía ponerme en contacto contigo para comunicarte que nosotros tres nos habíamos conocido en una vida anterior en extrañas y peculiares circunstancias.


Bueno, yo al principio no le creí. Sabía que el ilustre Profesor era conocido por sus colegas como “la Loca de Flandes” y que era aficionado a pasearse por las calles de su ciudad natal vestido de hombre-orquesta. Pero cuando me enseñó una foto de Genghis Khan tocando el piano con una mano y escribiendo “El Quijote” con la otra, me convencí de que decía la verdad.
Por tanto, el Profesor me escribió tu dirección de e-mail en el dorso del folleto de una tienda que servía, a domicilio, caramelos de Gotelé almendrado y te escribo para contarte todo lo que él me comunicó.

Me dijo que tú habías sido Pierre de Vichyssoise, el pastelero personal de Napoleón Bonaparte. Si eso fuera cierto, constituiría una broma monumental, porque, como todos sabemos, tras su derrota en Waterloo, Napoleón mandó ejecutar a su pastelero. El motivo fue que, cuando el ejército napoleónico llegó al campo de batalla, sólo encontró una tarta de merengue de tres pisos en el centro y ni rastro del ejército inglés. Se acercaron a la tarta, de cuyo interior salió de repente el general inglés Wellington disfrazado de la rana Gustavo. Instantáneamente la mitad de la armada de Napoleón se convirtió en piedra mientras la otra mitad moría a causa de la “fiebre diferencial de cambio desacelerado”, una enfermedad que había traído el Apolo 11 desde la Luna. Como comprenderás, al emperador francés no le quedó más remedio que rendirse y, después de intentar sin éxito devorar las ancas de la rana Wellington (digo, del general Gustavo), ordenó fusilar a su pastelero-jefe (o sea, tú).
Por lo visto yo era un afluente del río Tíber hasta el año 72 d.C. Según parece, por esas fechas llegó a las puertas de Roma un numeroso rebaño de albinas cabras alpinas de pico largo que intentó beber de mi agua. No les gustó la cantidad de colorante E-303 que contenía y me pidieron el libro de reclamaciones. Se los di y, antes de que pudiera ofrecerles un bolígrafo, se habían comido todas las hojas, excepto las tapas que eran de aluminio reforzado ultraligero. Me sentí tan indignado que les salpiqué algo de agua a sus velludos hocicos y todas comenzaron a balar en señal de protesta. Estuvieron así durante tres días, hasta que el Senado romano, harto de los escándalos, reunió 40.000 firmas para pedirme que me fuera de allí. Entonces comencé a deambular por media Europa intentando sobrevivir, pero ésa es otra historia. Algún día te contaré mis múltiples andanzas (como esa vez que entré carne de cerdo de contrabando en Al-Ándalus, pero me capturaron y me condenaron a fluir dos años por las fuentes de la Alhambra).
Lo más curioso que me comentó el Profesor fue cómo nos conocimos nosotros. Tú, antes de entrar a trabajar como pastelero de Napoleón (tú lo llamabas Nap), servías burritos mejicanos en un chiringuito parisino. Una fría tarde de Enero me acerqué fluyendo hasta allí para merendar y pedí un burrito extra-grande con chile merengado y papaya ahumada (agitada, no batida). Me lo serviste con prontitud, lo cual te hacía merecedora de una buena propina, pero cuando fui a comérmelo se me adelantó un rebaño de albinas cabras alpinas de pico largo. ¡Era el mismo que provocó mi expulsión de Italia!. Me enfurecí tanto que inundé Prusia Oriental, arruinando el Tercer Mercadillo de Artesanía Afrocubana Hecha en Prusia Oriental (3º MAAHPO). Por este destrozo te echaron de tu trabajo, así que me retaste a un duelo. Nos enfrentamos poco después del alba tras la catedral de Notre-Dame. El rebaño de albinas cabras alpinas de pico largo era tu padrino; el mío era Don Vito Corleone. Como no teníamos floretes, nos enfrentamos con las tapas de dos calderos. Por desgracia armamos tanto escándalo que el jorobado de la catedral nos denunció al Ministerio del Ministro Administrativo, que como castigo por nuestra afrenta declaró la guerra a la galaxia de Andrómeda y mandó azotar a todos los habitantes de Francia que tuviesen menos de ocho piernas. Después de este desaguisado fue cuando entraste a trabajar como pastelero de Nap y yo emigré a América, donde me uní a las Cataratas del Niágara, con las que tuve al Lago Michigan y al Barranco de Santos.

Eso fue casi todo lo que me contó. Te preguntarás que si tú eras el pastelero y yo el afluente, ¿quién era el Profesor Van Dido?. Pues era una pezuña de una de las albinas cabras alpinas de pico largo. Nada más. Espero que esto te sirva de algo en la vida.

Afectuosamente,
soytorpe.com

P.D.: la moraleja de la historia es: pague sus impuestos regularmente o se le retirará su ración de pienso sintético (bajo en colesterol).
P.P.D.: el Profesor Van Dido también me entregó un telegrama cantado para ti, pero yo no sé cantar. Lo siento; mejor suerte la próxima vez.
P.P.P.D.: si realmente quieres saber de qué va todo esto, pídele cuentas a Francisco, compañero tuyo de clase, que metió tu dirección de e-mail por debajo de la puerta de mi casa para que te gastara una broma.

1.- Leer este texto puede perjudicar seriamente su salud. El creador de este texto no se hace responsable de los daños causados, directa o indirectamente, por el uso indebido del mismo por parte del receptor del mensaje.
2.- Si desea sacar el máximo partido al mensaje, se aconseja leerlo bajo los efectos de substancias psicotrópicas.
3.- Si tiene alguna duda, procure acudir a tutorías y no dejarlo todo para los últimos días.

Humor absurdo del Profesor Van Dido – Copyright – 2004 – Profesor Van Dido

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